El cuestionamiento de la ficción estatal en Egipto

Posted February 13th, 2011 at 3:20 pm (UTC+0)
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El Leviathan herido y las posibilidades de un nuevo régimen político

La situación de crisis por la que atraviesan los regímenes políticos de los países del norte de África, como una nueva situación que deja en evidencia el fracaso del modelo democrático liberal occidental en una región con una cuasiendémica inestabilidad institucional, constituye una valiosa oportunidad para cuestionar la ficción o acto de creatividad política del Estado moderno, ante una coyuntura que presenta asombrosas coincidencias con el concepto de estado de naturaleza, desarrollado por el filósofo político del siglo XVII, Thomas Hobbes, en su obra El Leviathan, llevando incluso, dentro de su argumentación, a plantear una necesaria salida democrática a la crisis que conduciría a un cambio de gobierno, ante la insalvable falta de legitimidad como expresión de la pérdida de validez del contrato social que creó el Estado egipcio.

De acuerdo con Hobbes, la capacidad de raciocinio y lenguaje humanos permitieron que el hombre, pensando en su propio interés (la sobrevivencia), decidieran en un acto de deliberación vivir formando Estados encargados del “cuidado de su propia conservación” en función de “abandonar esa miserable condición de guerra” (T., Hobbes, 2010: 143) en la que se encuentran los hombres en el estado de naturaleza al encontrarse sujetos a sus pasiones. Así pues, si los hombres aspiraban a “vivir satisfechos”, necesitaban establecer un orden político, requerimiento ante el cual Hobbes sostuvo que no quedaba otro camino que erigir un poder común (el Estado absolutista) capaz de garantizar la paz  y la seguridad, transfiriendo “todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad” (T., Hobbes, 2010: 145).


Apoyándose en la idea de estado de naturaleza, Hobbes establece el lenguaje político de la modernidad, instituyendo el mito fundacional del Estado moderno como ejercicio racional de creatividad política. Para Wolin, “el acto contractual, por el que cada hombre entregaba su derecho natural al soberano, representaba algo más que un método para establecer la paz; era el medio para crear un universo político de significado inequívoco” (S. Wolin, 2001: 277) que permitiría comprender el por qué es necesario vivir en un Estado y someterse a un poder ordenador de carácter secular.

Ahora bien, se considera que Egipto es un Estado moderno en donde ahora -junto con otros países de esta parte del continente africano-, “los ciudadanos están indignados por el desempleo, la tiranía y la falta general de dignidad y justicia en sus propias sociedades”[1], lo cual sugiere que el Estado no ha cumplido con la función de protección por la cual fue establecido. A la luz de los planteamientos hobbesianos, el hecho que Hosni Mubarak haya mantenido un Estado autoritario (un absolutismo no monárquico) durante alrededor de treinta años e incluso que éste oligarca (en términos aristotélicos) sea uno de los hombres más ricos del mundo[2], no sería ningún problema si el Estado cumpliera con su función mínima de protección, aunque obviamente estas características son inaceptables desde la óptica democrática liberal.

Sin embargo, existen dos problemas interdependientes que explican ésta situación y que conducen a una crítica a la concepción del Estado en Hobbes, el más importante filosofo que justifica su existencia ficcional y material. Por una parte, siguiendo a Wolin, no resulta coherente pensar que en un mundo donde los hombres son egoístas y velan solo por su propio interés, exista una clase política que actúa de forma contraría, más aún cuando ésta es adinerada y nada le obliga a cumplir con algún pacto social para mantener un buen gobierno; queda entonces el siguiente interrogante: “¿qué garantizaba que el soberano fuera verdaderamente representativo y favoreciera los intereses de los súbditos?” (S. Wolin, 2001: 298).

En segundo lugar, así como la desigualdad económica representa una distorsión para la idea de soberanía absoluta como garantía de la paz y la seguridad, delegada en las manos de un gobernante con poder ilimitado que actuará más como el príncipe delineado por Maquiavelo, como lo demostró Muvarak en su “gobierno” durante alrededor de treinta años, el Estado egipcio también ha perdido toda legitimidad, lo cual desdibuja la idea de la inquebrantabilidad del contrato con el soberano, justificando así la intensa protesta social que ha venido ocurriendo.

De tal manera, si el Estado es un contrato producto del “consentimiento del pueblo reunido” (T., Hobbes, 2010: 147) que obliga a las dos partes a cumplir (es decir, a que el soberano garantice la paz y la seguridad a cambio de la posesión del poder de cada uno de los individuos y su debida obediencia a lo establecido por el Estado), éste puede finalmente ser cuestionado, o sea, que el pueblo tiene el derecho legítimo de liberarse del pacto ante el incumplimiento del compromiso de garantizar su sobrevivencia.

Claramente, las condiciones de anarquía que han padecido los ciudadanos egipcios dan cuenta del incumplimiento de Muvarak con su obligación como soberano o mano del Estado, motivo que legítima que las multitudes busquen deliberativamente (en un ejercicio de democracia directa) su protección y se defiendan ante la amenaza a su sobrevivencia. En términos de Hobbes: “Un pacto de no defenderme a mí mismo con la fuerza contra la fuerza, es siempre nulo, pues, como he manifestado anteriormente, ningún hombre puede transferir o despojarse de su derecho de protegerse a sí mismo de la muerte, las lesiones o el encarcelamiento” (T., Hobbes, 2010: 137). Esto deriva en que las multitudes egipcias hayan decidido garantizarse a sí mismos su sobrevivencia, por lo cual exigen la salida de Muvarak y el cambio de gobierno en ejercicio de su voluntad colectiva.

En conclusión, el retorno al estado de naturaleza en Egipto es el resultado esperable del prolongado gobierno timocrático que con sus acciones contra la ciudadanía, terminó deteriorando la legitimidad del Estado, llegando incluso a quebrantar la ficción estatal, conducente a la crisis política actual en donde las multitudes reclaman pacíficamente un cambio de soberano ante la incompetencia de éste, exigiendo de forma democrática un nuevo representante en el Estado –que se mantiene, pues éste es eterno- que verdaderamente garantice la paz y la seguridad. Sin embargo, si las multitudes que se encuentran protestando no son capaces organizarse y pactar un nuevo contrato social que establezca un nuevo gobierno, lo cual demanda de un liderazgo creativo, quizás se imponga la lógica maquiavélica en donde un príncipe – el sucesor no representativo de Muvarak, como los militares- terminará imponiendo el orden público a partir del uso del poder y la violencia.

Por Alexander Alexander Madrigal G.

Estudiante de Maestría en Relaciones Internacionales

Universidad Andina Simón Bolívar, Quito (Ecuador)


[1]Robert, Kaplan, ‘Nuevo orden en el mundo árabe’

[2] Hosni Mubarak igualado a Carlos Slim como el más rico del mundo

4 responses to “El cuestionamiento de la ficción estatal en Egipto”

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